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20060404201033-sp3-.jpgCafé sin azúcar

Despertó con la íntima convicción de que ella no lloraría su muerte y sin saber muy bien porqué tuvo conciencia que la noche había transcurrido impregnada de tristeza.

De cómo había llegado a esta situación era algo que se le escapaba. Los hechos se perdían entre una maraña de percepciones, sensaciones y sentimientos vividos de manera tan íntima, tan personal, a veces tan a flor de piel, que le era muy difícil distinguir los diferentes acontecimientos que habían marcado su curiosa relación y más aún su desarrollo y sucesión a lo largo del tiempo que se conocían. Los hechos se convertían en ficciones y las ficciones en metáforas que explicaban unos hechos que ya había olvidado. La memoria, como la historia, es una recreación que tiene más que ver con nosotros mismos, con nuestras percepciones, sensaciones y sentimientos, que con eso que llaman "la realidad de los hechos". Pero los hechos son reales, no cuando se aíslan de nosotros mismos, de nuestra vivencia, sino más bien cuando se integran en nosotros, cuando se impregnan de nosotros mismos.

Con cierta torpeza se levantó de la cama. Inexplicablemente sentía sus músculos cansados y su cuerpo viejo. Se dirigió al baño y, a oscuras, sin molestarse en encender la luz para ver un espacio que se sabía de memoria, orinó con dejadez sentado en la taza del retrete. Fue a la cocina y, mientras preparaba el café, acudió a su boca el agrio sabor de su despertar y a su mente las últimas palabras que le dedicara ella antes de despedirse la noche anterior.

"Ella no lloraría su muerte". ¿Qué le importaba a él su propia muerte? Hacía ya tiempo que había dejado de aterrarle y la suya propia esperaba encontrarla a la vuelta de cualquier esquina, en cualquier recodo del camino. Entonces ¿Qué percepciones expresaba de forma enigmática aquella curiosa frase? ¿Cuáles eran los sentimientos a los que aquellas palabras prestaban su forma? En el fondo desvelarlo era lo que en realidad le aterraba. Reconocerlo sería el primer paso para asumirlo.

Terminó su café. Puso la cucharilla en la taza y ésta en el fregadero. En silencio se dirigió al baño y, tras abrir el grifo del agua caliente de la ducha, se desnudó, se metió en ella y dejó que la lluvia lavara la tristeza de sus sueños.
09/04/2005 15:39

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Autor: Heliotropo

Laura...me ha gustado mucho, mucho, mucho.

Fecha: 29/06/2005 03:16.



Autor: Anónimo

precioso

Fecha: 29/05/2007 19:39.


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